27 noviembre 2019

Conferencia de Joaquín Gorrochategui sobre paleohispanística en el Museo Arqueológico Nacional y su (muy escueta) mención a las inscripciones vascónicas de Hispania



El pasado 12 de septiembre, Joaquín Gorrochategui pronunció una conferencia en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid con el título “¿Qué es la paleohispanística?” dentro del ciclo de conferencias “Nuestras primeras lenguas: las lenguas y las escrituras paleohispánicas”, coordinado por Javier Velaza, catedrático de filología latina de la Universidad de Barcelona. La conferencia se centró en las lenguas habladas en Hispania antes de la latinización que tuvo lugar en la época romana y en particular en sus testimonios epigráficos. Está disponible en YouTube en https://www.youtube.com/watch?v=HPvSBwM6pLA&t=19s

Llama la atención que Gorrochategui le dedicara solamente 45 segundos (a partir de 1:07:04) de los casi 70 minutos que duró la conferencia a las inscripciones vascónicas de Hispania (aunque habla brevemente durante 1’29” de las inscripciones aquitanas – al norte de los Pirineos - a partir de 16:20), lo cual es sorprendente, teniendo en cuenta que su especialidad más reconocida es la lingüística histórica vasca. La escasa atención que Gorrochategui prestó a las inscripciones vascónicas contrasta con el foco de interés de la audiencia, ya que de seis preguntas que le hicieron, cuatro se referían a la lengua vasca, de manera que Gorrochategui habló mucho más tiempo de la epigrafía vascónica en el turno de preguntas (a partir de 1:11:55) que a lo largo de su charla.

Entre las cosas que dijo Gorrochategui hay algunas que tienen interés para el asunto de Iruña-Veleia:
1. Admite la presencia de antropónimos y teónimos vascónicos en inscripciones del norte de Zaragoza, Navarra (incluyendo la zona de Estella), Álava y las cuencas altas de los ríos Cidacos y Linares (en Tierras Altas de Soria). Estas últimas inscripciones las sitúa en la época altoimperial (siglos I-II d.C.).
2. Afirma que “no se puede decir que haya habido una invasión o una transferencia de lengua de Aquitania a la Península Ibérica”.
3. Sobre la equiparación de la lengua hablada con la de la onomástica de las inscripciones (como hacen algunos proponentes de la vasconización tardía) dice que “no hay que olvidar que es una proyección” y que la adopción de nombres latinos “no quiere decir que automáticamente la lengua pasara a ser la latina”. Por extensión, lo mismo se podría decir de la adopción de nombres célticos por parte de vascohablantes.
4. Todo ello sitúa a Gorrochategui en una posición claramente antagónica a la hipótesis de la vasconización tardía (en especial por su reconocimiento de la tipología vascónica de los antropónimos de las inscripciones de las Tierras Altas de Soria y su adscripción a la época altoimperial, lo cual es incompatible con dicha hipótesis). Almagro, Abaitua y otros defensores de esta hipótesis, que la utilizaron para desacreditar los hallazgos de Iruña-Veleia, deberían de tomar nota.
5. Sobre las inscripciones lusitanas y celtíberas, explica que fueron escritas las primeras en su totalidad y las segundas en parte utilizando el alfabeto latino, lo cual implica que lusitanos y celtíberos habrían llevado a cabo un proceso de estandarización y normalización de la escritura de su lengua utilizando dicho alfabeto. Contradictoriamente con ello, en su informe sobre los grafitos de Iruña-Veleia, prácticamente niega esta posibilidad a los antiguos hablantes de la lengua vasca afirmando que “los óstraca vascos de Iruña-Veleia nos estarían indicando la presencia de una fuerte tradición escrita en lengua vasca entre los caristios, tradición escrita que por razones totalmente desconocidas desparecería completamente al final de la antigüedad dejando a los vascos como analfabetos totales en su lengua hasta el siglo XV. Es decir un salto histórico de difícil explicación”. A esta argumentación se puede responder que las “razones totalmente desconocidas” por las que despareció la escritura en lengua vasca serían las mismas que provocaron la desaparición de las escrituras en íbero, lusitano y celtíbero, que son las que abocaron a la imposición del latín como única lengua escrita en el occidente del Imperio Romano, lo cual no implica necesariamente que las lenguas paleohispánicas dejaran de hablarse al tiempo que desaparecía su escritura: el vasco se sigue hablando hasta la actualidad y, según algunos autores, como Menéndez Pidal, el íbero podría haberse continuado hablando en algunas zonas hasta la época visigoda, aunque la documentación escrita de la lengua solo alcanza hasta el siglo I d.C.

Es curioso lo que dice Gorrochategui en el turno de preguntas de que el vasco en época tardoantigua y visigótica-franca “se miró hacia dentro y se constituyó como una especie de lengua unitaria” de la que derivarían los dialectos actuales. Es sorprendente que un lingüista de su nivel utilice, en una conferencia no divulgativa, términos tan coloquiales y poco académicos como el de “mirarse hacia dentro”. ¿Cuál es el término lingüístico de este fenómeno? ¿Hay paralelos en otras lenguas? Yo lo que sé es que las lenguas se uniformizan cuando se oficializan dentro de una estructura política organizada o, en época más reciente, a través de un sistema educativo público o de medios de difusión escritos o de comunicación de masas, nada de lo cual es aplicable al vasco antiguo. Lo que sí puede haber ocurrido es que algunos dialectos existentes en la antigüedad se hubieran extinguido, como se han extinguido otros en épocas más recientes, y de esa extinción podría haber resultado una menor diversidad dialectal. Yo, personalmente, no creo en la hipótesis del euskara batu zaharra (vasco unificado antiguo) en época tardoantigua o visigoda, teniendo en cuenta la diversidad léxica actual entre dialectos, que, por ejemplo, en los nombres de los días de la semana o de los meses es mucho mayor que en toda la extensión de las lenguas romances.