Nota editorial. Este artículo corresponde a una tribuna de opinión remitida por su autor. Ama Ata facilita este espacio para el debate documentado sobre la historia y la arqueología. Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor.
Serie «La maldición de Iruña-Veleia»
Entrega 4 de 4
- Entrega 1: RIP EN VEZ DE INRI.
- Entrega 2: ¿NEFERTITI?
- Entrega 3: UN CERDO COMO JÚPITER.
- Entrega 4: CON “JOTA” E “Y GRIEGA”.
“La maldición de Iruña-Veleia”, en ciertos medios de comunicación…(y 4).
(En relación al artículo aparecido en El Correo el 26 de junio de 2026: «Veleia consolida su valor arqueológico para dejar atrás el escándalo de hace 20 años”, firmado por Ander Carazo).
Cuarta entrega:
CON “JOTA” E “Y GRIEGA”.
Según El Correo, la presencia de estas dos letras, en algunos grafitos, habría alertado a los expertos. (Véase, en la figura 14, una de las tres piezas de Veleia en las que aparecen signos gráficos que recuerdan a una letra J).
Uno de los ejemplos con grafía J entre los grafitos de Iruña-Veleia. Obsérvese que no es un signo consolidado, en un mismo soporte se signa tanto como una I longa, con travesaño en la parte superior y suave curvatura como un signo anguloso, que recuerda una L volteada a la izquierda. Podría pensarse que los escribas veleienses tenían el propósito de destacar el sonido consonántico de esta letra a principio de palabra, para indicar la pronunciación “yod” (propia del latín vulgar, como señala Traina, en su obra “El Alfabeto y la pronunciación del latín”) y aún no habían dado con una fórmula estable para ello, pero, eso no refleja la inconsistencia en la representación de los grafismos de Veleia y es que, si observamos con atención la misma pieza, concretamente el nombre VIINVS (= VENVS), veremos que la primera barra de la II (o e cursiva) está plasmada de forma muy similar a la J angulosa de JVLIO. Luego, un mismo grafismo, en una misma inscripción se utiliza aleatoriamente. Lo que nos lleva a pensar en simples inconsistencias y caprichos del escriba como explicación más económica. Si caemos en la trampa de denominar J a los grafismos presentes en unas pocas inscripciones de Veleia, simplemente porque recuerdan a nuestras actuales letras J estaremos falseando una realidad cuyo detalle desconocemos. En la mayoría de los grafitos de Veleia encontramos signado con el signo gráfico I nombres y palabras que comienzan por dos vocales seguidas (Iv, Ia) y en otros (sólo tres casos) un grafismo diferente que se asemeja a una J y que se usa también, como acabamos de ver en VJINVS donde no tiene ningún sentido fonético.
De hecho, ciertamente un puñado de miembros de la Comisión (Gorrochategui, Ciprés, Santos o Velázquez) usan la presencia del grafismo “Jota” en algunos grafitos como “piedra de toque” para “demostrar” la falsedad de estos y, por extensión, de todo el conjunto de hallazgos. De nuevo nos vamos a encontrar con un lenguaje “militante” (ciertamente más sutil en el caso de Velázquez) que sirve a la perfección para “dar carnaza” al negacionismo de brocha gorda de ciertos medios de comunicación. Y es que, cuando un catedrático como Gorrochategui enuncia que “En la Antigüedad… nunca jamás hubo ninguna letra J”, ¡fin de la historia, se acabó! ¿Quién osaría discutirle o cuestionar su autoridad? Ciprés o Santos la califican por su parte de “anacronismo” y, curiosamente, aunque Velázquez no niega su uso en la Antigüedad y aporta además el ejemplo del vocablo signado como “titjus” (con lo que contradice a Gorrochategui, ¡que cualquiera diría que no hubo mucha coordinación entre informes!) pero, a renglón seguido, aunque no niega la existencia de ese grafismo en la Antigüedad, deja entender que no pudo existir como inicial de nombre o de palabra. Resumiendo, más allá de la sutileza de Velázquez (que sugiere pero no afirma categóricamente), para el resto, el uso de la J es imposible en el siglo III, al tratarse de una grafía moderna (a partir del siglo XVI) ergo, dentro de esa “lógica de hierro”, prueba de falsificación. Si ellos lo dicen así será, para eso se apoyan en su auctoritas que nadie va a poner en duda… o, ¿“no es tan así”? Pues de nuevo la técnica parece ser el “cherry picking” (escoger de la cesta las cerezas que más nos gustan y desechar el resto), lo que viene a ser utilizar sólo la evidencia que conviene al relato y olvidar convenientemente o fingir desconocer aquello que lo contradice. Muy humano, pero dudosamente ético y nada científico. Resulta chocante que filólogos, latinistas, historiadores no hayan oído hablar de “ciertas inscripciones de un oscuro lugar poco conocido, recién descubierto” (es obviamente ironía), ¡me refiero a… Pompeya! Allí se constata una amplia nómina de inscripciones con un grafismo (que en ocasiones) recuerda a nuestra “J”, me permitirán una larga lista de alguna de ellas que tomo del estudio de Héctor Iglesias: JACVIT, JAM, JANITOR, JANVA, JANVARIAS, JANVARIAES, JANVARIVS, JARINV, JVCVNDVS, JVCVNDI, JVCVNDO, JVDICI, JVDICIJS, JVL(ias), JVLIVS, JVNIVS, etc. Así que tenemos un pequeño conflicto: si en Pompeya, sepultada por la lava en el año 79, tenemos una plétora de inscripciones signadas con un grafismo propio para diferenciarlo de la clásica i, puramente vocálica (incluso profusamente utilizado a principios de palabra), ¿cómo podemos digerir que el mismo fenómeno sea “imposible” en Veleia en el siglo III y más allá? El desasosiego resulta abrumador, cabe preguntarse ¿cómo los expertos de la Comisión no utilizaron y citaron a Veikko Väänänen, una de las mayores autoridades en latín vulgar, en especial el constatado en las inscripciones de Pompeya? De hecho, por lo que sea, ¡ni siquiera aparece recogido en la bibliografía de los informes de la Comisión!
En cuanto a la “Y griega” parece, que el principal “experto alertado” de la Comisión es, de nuevo, el muy conspicuo Gorrochategui, quien afirma, categóricamente que “Esta letra (de nuevo) nunca jamás se utilizó en latín para designar una / i / o una / j /. Su cometido era transcribir las palabras de origen griego que contuvieran el sonido / ü / escrito en griego mediante Y”, fin de la cita (el subrayado es mío). Pero, de nuevo, estas “certezas absolutas” no son ni prudentes, ni muy científicas, como se verá… Así, en la referencial obra sobre “El Alfabeto y la pronunciación del latín”, de Alfonso Traina (que obviamente se elude citar), publicada originalmente en 1957 y con reediciones hasta en la década de los 2000, se recoge lo siguiente: “La letra Y ha conocido, en efecto, durante la Antigüedad varias pronunciaciones: 1. ‘Pronunciación arcaica’ [u], 2. Pronunciación ‘clasica’ [ü] y, por fin 3. ‘pronunciación vulgar del tardo imperio’ [i].” (Véase, en la figura 15, una de las inscripciones de Veleia conteniendo la letra Y, en este caso, un abecedario en una ficha recortada de un recipiente cerámico. Así mismo, en la figura 16, otro ejemplo de abecedario completo en una inscripción romana procedente de Dacia).
Publicación: CIL 03, *00294
Provincia: Dacia. Lugar: Szamos
terentius fegel / titus deg I bitus / los gaiius gemel / TA marcinaus / abcdefghiklm /
nopqrstvxyz
© Corpus Inscriptionum Latinarum – BBAW
Así que, otra vez, asistimos a un juego de “ingeniería argumental” para llevar el agua a su molino. Juzgando estrictamente a los textos en latín de los grafitos veleienses desde el estándar del latín clásico prácticamente todo está mal, es incorrecto, ergo falso. El problema es que, a sabiendas, se rehúye la confrontación con el latín vulgar, donde encontramos muchas más respuestas. Digamos que, mayormente, en los informes de la Comisión no se dio el menor cuartelillo a las inscripciones desde el popularmente llamado “latín vulgar”, juzgándolas por su acomodo al latín clásico, como si fueran los discursos de Cicerón o letreros públicos, en lugar de los testimonios domésticos que son y obviando también su cronología avanzada en época romana bajo imperial y tardía. No es precisamente ético ni científico, pero funciona para sus fines. El público en general nunca va a tomarse la molestia de revisar todas las rotundas afirmaciones que se enuncian con aplomo, desde una incontestada posición de autoridad. La rudeza de los enunciados, el reducirlo todo a un maniqueo blanco y negro, facilita la transmisión de un relato oficial monolítico, amplificado y aún todavía más simplificado por los medios de comunicación, como es el caso que nos ocupa. Una manida técnica del populismo, que podríamos resumir así: “No hace falta que usted sepa nada del tema, créase lo que le decimos, con la garantía académica e institucional”.
Y es que, a estas alturas, creo que es lícito plantearse una cuestión derivada de lo anterior. A excepción de Gorrochategui que sintió la pulsión de difundir y publicar sus eruditas averiguaciones en torno a los hallazgos de Veleia, con sus axiomáticos juicios, (aún antes de la abrupta conclusión de la Comisión, en su beligerante, desde el título “Las armas de la Filología” de 2007), tengo la convicción de que gran parte del resto de los informes fueron redactados pensando en un uso “interno y restringido”. Quizás por eso pudieron tomarse tantos atajos argumentativos y desarrollar tanta militancia para “demostrar” la falsedad, de forma tan contundente como impostada, con un rosario de lapsus, elipsis y elusión de argumentos “inconvenientes” para la construcción del relato deseado. Lo que ocurre es que el fenómeno de las muy carpetovetónicas e inveteradas filtraciones echaron a perder el plan y la diputación tuvo que hacer de la necesidad virtud y, sin encomendarse a nadie, colgó todos los informes en su web, donde aún pueden ser consultados. Seguro que a más de uno no le hizo mucha ilusión.
Si algún ingenuo esperaba debate científico transversal y multisectorial en la Comisión parece que eso no tuvo nunca lugar…
Y, como colofón, ya que arrancábamos con “la maldición de Iruña-Veleia”, cerraremos… con más maldiciones. En la Antigüedad romana fueron usadas tanto la magia propiciatoria como lo que entendemos como magia negra (para desear el mal). Esta última modalidad se expresaba, por ejemplo, a través de las tabellae defixionum (tablillas de fijación), normalmente de plomo (frío y pesado como el destino o la muerte que se deseaba para el rival o enemigo), donde se grababa el conjuro. Después se doblaba o enrollaba la lámina y se atravesaba con un clavo, para “fijar” o “trabar” a la víctima. Para que el mensaje llegara a las divinidades infernales, las tablillas se depositaban en lugares ctónicos, como tumbas, pozos, fuentes…
Pues bien, recientemente se ha hallado una de estas tablillas (figura 17) en un lugar de lo que sería la frontera norte del imperio romano, alejada de los principales centros de poder y de cultura de la época. Concretamente en la localidad de Heerlen (Países Bajos), en el emplazamiento del campamento romano de Coriovallum, en la entonces provincia de Germanía Inferior. A diferencia de muchas otras tablillas redactadas en latín, ésta, datada en el siglo II, se consignó en griego, con un estilo propio del Egipto romano. Aparecen cuatro nombres de compañeros esclavos: dos hombres con nombres latinos y dos mujeres con nombres griegos. Los expertos creen que una de las mujeres, que viajó desde el norte de África, desde Egipto, la escribió en su nombre para maldecir a un tercero. Destacaremos el balance de uno de los investigadores de esta tablilla, el egiptólogo de la Universidad de Heidelberg, Joachim Quack, quien dice: “En los primeros siglos de nuestra era, las tradiciones del Cercano Oriente, egipcias, judías e incluso, en ocasiones, cristianas se fusionaron y se extendieron cada vez más por todo el Imperio romano de la época, un fenómeno que el descubrimiento de Heerlen subraya de manera contundente”.
Creo que no podríamos encontrar mejor acomodo para los “bizarros” hallazgos de Veleia. Si la cultura griega y la tradición egipcia llegaron al confín del imperio en el siglo II, cómo no pudo ocurrir otro tanto en la Veleia de un siglo después y más allá en el tiempo, mucho mejor ubicada, comunicada a través de la principal carretera romana del norte peninsular. Ese es su contexto y la premisa que posibilitará, algún día, estudiarlos científicamente como se merecen.
A hombros de gigantes…
Si hemos llegado hasta aquí no es, desde luego, en solitario. En el muy complejo caso de los controvertidos hallazgos de Iruña-Veleia se da una particular situación. Hay toda una plétora de personas que, voluntariamente y con espíritu crítico se han remangado y se han introducido en lo que aparentaba un cenagal, un “caso resuelto” a tenor de los contundentes, axiomáticos y “unánimes” dictámenes de la Comisión, de la judicialización del caso y del papel militante de los medios de comunicación. Pese a ello (y también a causa de ello) hay quien ha decidido que no había que dar nada por sentado y han acudido a publicaciones originales y bases de datos, han cotejado y buscado paralelos en el amplio mundo de la antigüedad. Aún no están todas las respuestas, pero el tiempo de los axiomas y la auctoritas van dando paso a un acercamiento despojado de prejuicios y apriorismos, al carril de la resolución científica e independiente que se ha hurtado y al que la sociedad tiene derecho.
Aún a riesgo de dejarse en el tintero a personas que han puesto todo su empeño en contribuir con sus aportaciones, para redactar estas líneas he consultado, fundamentalmente, los trabajos previos de Koenraad Van den Driessche, Miguel Thomson, Antonio Rodríguez Colmenero, Idoia Filloy, Alicia Satue, Héctor Iglesias y muchos otros. Indispensable también la consulta de portales como Ama Ata, Geostraka, Ostracabase, el blog Goiena de J.M. Elexpuru y su amplia producción bibliográfica (pionera e indispensable para lo que hace tanto a los hallazgos en vasco antiguo como para conocer el desarrollo de este complejo caso… ), otro tanto para los estudios de Xabier Gorrotxategi o los de Joseba Lizeaga. Respeto y agradecimiento a tod@s.
Rodrigo Alfonso de Logroño
SOS IRUÑA-VELEIA

