15 marzo 2014

El origen de las lenguas romances, la (relativa) estabilidad de la lengua vasca y los grafitos de Iruña-Veleia

Mi interés por los grafitos de Iruña-Veleia tiene poco que ver con mi formación académica o con mi profesión, como es fácil adivinar por el nivel elemental de lo que he escrito sobre el tema, sino que está motivado principalmente por mi curiosidad sobre ciertos hechos lingüísticos que me sorprenden. Y uno de los que más me llama la atención y despierta mi curiosidad es el de las enormes diferencias que existen entre el latín, por una parte, y las lenguas romances, por otra, las cuales se suponen, tal como nos enseñaron en el colegio, que tienen una relación directa de madre a hijas. Cuando uno compara el texto latino de la Vulgata con el griego original del Nuevo Testamento, para poner el ejemplo más conocido de traducción del griego al latín en la antigüedad, intuye que San Jerónimo no debería haber necesitado hacer un gran esfuerzo para la traducción, ya que el texto latino en general traduce del griego palabra por palabra y manteniendo el mismo orden. Podría haberlo hecho simplemente con la ayuda de un diccionario griego-latín. Y el resultado no es un latín literario elegante y refinado, pero uno que es perfectamente comprensible para cualquier latinohablante o conocedor de la lengua latina (tampoco el griego es un griego literario, ya que en muchos de sus textos subyace el arameo que utilizaban habitualmente sus autores). Sin embargo, si se hiciera una traducción palabra por palabra, manteniendo su mismo orden, de cualquier texto latino de la antigüedad al español u otra lengua romance, el resultado de muchas frases sería difícilmente comprensible, ya que las estructuras morfosintácticas y el orden de las palabras son muy diferentes. Esto hace que la traducción del latín al español u otro romance requiera de una labor mucho más ardua que la del griego al latín clásicos. Y es paradójico que esto sea así, ya que el latín y las lenguas romances se supone que están muy próximamente emparentadas, mientras que el latín y el griego pertenecen a grupos totalmente separados dentro de la familia indoeuropea. Y uno se pregunta cuáles son las causas de una transformación tan radical de las estructuras lingüísticas de los idiomas romances con respecto al latín, hasta el punto de que, en muchos aspectos, las lenguas hijas se parezcan menos a su madre que ésta a sus primas lejanas.

Aunque es cierto que la gran mayoría de las palabras romances pueden remontarse a una etimología latina, también lo es que muchas de ellas han cambiado de significado al pasar del latín a los romances y que un gran número de vocablos latinos se ha perdido: es
llamativo el extraordinario empobrecimiento léxico desde el latín clásico hasta los primeros textos romances. Y no sólo se han perdido o cambiado de significado palabras de uso infrecuente, cultas o empleadas en ámbitos restringidos, sino que también lo han hecho palabras de uso general y cotidiano. Por ejemplo, las partículas gramaticales ut, sed, autem o quidem, que se emplean en latín continuamente para construir frases, han desaparecido completamente del léxico romance. La palabra latina para boca, os, oris (de donde viene el adjetivo oral), ha sido sustituido en todas las lenguas romances occidentales por boca, bouche, bocca, derivadas del latín bucca, que significa mejilla hinchada (con aire o comida). La palabra para cabeza, caput, capitis, ha sido sustituida en francés por tête y en italiano por testa, del latín testa, que significa teja o cacharro de barro (y de donde viene el castellano tiesto). ¿Se imagina alguien que en español con el tiempo pudiéramos acabar diciendo “me duele la teja” para decir “me duele la cabeza” o “hay que mantener el botijo frío” para decir “hay que mantener la cabeza fría”? Aunque parezca cómico, algo así ocurrió en Francia e Italia (y también en Castilla, donde tiesta se utilizaba en época medieval junto a cabeza). Un adjetivo de uso tan frecuente como albus fue sustituido en todas las lenguas romances occidentales por blanco, blanc, branco, bianco, derivados del germánico blank. Otros ejemplos de palabras de uso común en latín y que se perdieron son magnus (grande) (excepto en sardo, mannu), puer (niño), domus (casa) (excepto en algunos dialectos sardos, que mantienen domu/o), ignis (fuego), hiems (invierno), pulcher (bello), bellum (guerra), emere (comprar), scire (saber) (excepto en algunos dialectos sardos, sciri, ischire) y ludere (jugar). En lo concerniente a la morfología, no solo se produjo la pérdida de las declinaciones, sino también, entre otros cambios, la de la voz pasiva sintética del verbo y del género neutro, la adquisición del artículo y cambios profundos en el sistema de conjugación verbal. Todo esto ha dado pie a que algunos autores hayan propuesto la hipótesis heterodoxa de que las lenguas romances no provienen del latín. No voy a entrar a valorar sus argumentos, ya que no he tenido oportunidad de leer los libros en los que se propone esta hipótesis. Pero el hecho es que en la documentación más antigua que existe sobre la utilización de lenguas romances o protorromances, las actas del concilio de Tours celebrado en el año 813, los obispos no llaman a la lengua popular latín, sino “rusticam Romanam linguam”. En un testimonio más tardío, Gonzalo de Berceo (s. XIII) se refiere a la lengua en la que escribía como “roman paladino” (romano palatino o de palacio) “en el qual suele el pueblo fablar a su veçino”. De hecho romance viene del adverbio romanice, que significa “románicamente” o al modo romano (al igual que vascuence viene de vasconice, al modo vascón). El nombre de la lengua aún pervive en el rumano (limba romana) y en el retorromanche (rumantsch). De todo ello se puede deducir que las lenguas romances no provendrían directamente del latín (la lengua de la región del Latium) sino del “romano” (la lengua de Roma), que tiene buena parte de sus raíces en el latín, pero que ha sido transformada bajo la influencia de los hablantes de otras lenguas procedentes de diversas partes del Imperio que habitaban en su capital, entre ellos gran cantidad de esclavos. También es probable que el ejército romano, en cuyas filas militaba un gran número de mercenarios de diversos orígenes geográficos de dentro y fuera del Imperio y que tenían diversas lenguas maternas, haya sido fuente de innovaciones lingüísticas que se diseminaron allá donde se estacionaron las legiones imperiales.

¿Cuándo nacieron las lenguas romances? El primer documento que demuestra la existencia de una lengua popular de origen latino/romano claramente diferenciada del latín data del año 813 y corresponde a las actas del Concilio de Tours, en el que los obispos, reunidos por el emperador Carlomagno, deciden que, en los territorios correspondientes a las actuales Francia y Alemania, las homilías se pronunciasen en “rusticam romanam linguam aut theodiscam, quo facilius cuncti possint intellegere quae dicuntur” (en la "lengua romana rústica o en la tudesca, para que todos puedan entender con mayor facilidad lo que se dice"). El primer texto completo escrito en una lengua protorromance que ha llegado hasta nosotros corresponde a los Juramentos de Estrasburgo, del año 842 (aunque, al estar redactados por un notario, su lengua probablemente esté influenciada por el latín utilizado habitualmente en los documentos notariales de la época), y de algunos años más tarde (c. 880) data el primer testimonio literario, la secuencia de Santa Eulalia (La cantilène de Sainte Eulalie en francés), escrita en el norte de Francia. En España, se ha propuesto que los textos más antiguos con rasgos de una lengua romance, en concreto del castellano, son los Cartularios de Valpuesta (Burgos), que son copias de otros documentos, algunos de los cuales fueron escritos en época tan temprana como el siglo IX. Pero anteriormente a esta fecha tenemos el Diploma del Rey Silo, el documento más antiguo del reino de Asturias, fechado en el 775, escrito en un latín fuertemente romanceado (aunque hay quien atribuye las formas más arromanzadas a un copista del s. X). Obviamente, las lenguas romances no se originaron súbitamente en el s. VIII-IX, sino que son el resultado de una lenta y larga evolución y diferenciación regional que se iniciaron ya en época romana: incluso en los grafitos de Pompeya, sepultada por la erupción del Vesubio en el 79 d.C., aparecen múltiples rasgos lingüísticos del latín vulgar que anticipan su evolución posterior hacia las lenguas romances (lo cual fue una enorme sorpresa cuando se estudiaron inicialmente, ya que estos rasgos se creían que eran de desarrollo mucho más tardío). Un origen temprano de las lenguas romances, bastante anterior a su documentación escrita, es propuesto por Ramón Menéndez Pidal (a quien no se puede calificar como de autor heterodoxo), quien en su libro “El idioma español en sus primeros tiempos”, en el capítulo VII, “Resumen cronológico. Épocas de la formación del español”, en el apartado titulado “Época visigótica: desde 414 hasta 711” (periodo que se superpone a la época de los grafitos de Veleia) dice lo siguiente: “En la corte visigoda los más doctos hablaban un latín escolástico como el que escribían San Julián, San Ildefonso o San Isidoro. Los cultos que no tenían estudios especiales hablaban, sin duda, un latín vulgar muy romanceado, por el estilo del que se conservó en León, con su cingidur por ‘cingitur’ y reliosis por ‘religiosis’, etc. Mas para nada se acordarían del latín los rústicos, ni si quiera aquellas desenvueltas y conspiradoras damas hispano-godas que encendían en sus encantos a Abdelaziz y a los otros conquistadores, en Sevilla, por el año 715; todos en la monarquía visigoda usarían como lengua familiar un llano romance” (subrayado añadido). ¿De dónde deduce Menéndez Pidal que en época visigoda se hablaba en romance, hipótesis no apoyada por ningún testimonio escrito de dicha época? Él no lo explica en este capítulo, pero la explicación se puede encontrar en otros lugares del libro: los mozárabes, cristianos residentes en la zona de la península dominada por los árabes desde el año 711, hablaban en romance, de lo cual hay numerosos testimonios, al menos desde el s. X, en obras de escritores hispanoárabes en los que aparecen palabras de indudable carácter romance. El romance de los mozárabes sería el mismo que se hablaba en la península en época visigoda, antes de la invasión árabe del 711, y que habría permanecido estancado en su evolución al quedar aislado del resto de las zonas peninsulares de habla romance, del mismo modo que el judeoespañol de las comunidades sefardíes, rodeados de poblaciones de lengua turca, serbia, griega, etc., quedó estancado casi en el mismo estado en el que se encontraba en el momento de la expulsión de los judíos de España (1492) hasta nuestros días. La primera edición de la obra en la que Menéndez Pidal propone su hipótesis es de 1942, anterior al descubrimiento en 1948 de las jarchas, composiciones líricas de la Hispania musulmana, algunas de ellas en lengua romance, que constituyen una prueba adicional de la pervivencia del romance proveniente, presumiblemente, de época visigoda en la zona árabe de la península.

Un origen temprano de la diferenciación lingüística que dio lugar a las lenguas romances también está apoyado por un análisis hecho mediante un método filogeográfico y de datación basado en vocabularios básicos. En este estudio, publicado recientemente en la prestigiosa revista Science (Bouckaert et al. Mapping the origins and expansion of the Indo-European language family. Science 2012; 337:957-960), en el que aplicando un método bayesiano que determina el ritmo de evolución del repertorio léxico básico de las lenguas, se estima el origen geográfico de la familia de las lenguas indoeuropeas, al tiempo que se data su origen temporal y el de los grupos de lenguas que la componen, se estima el inicio de la diversificación de todas las lenguas romances, incluyendo orientales y occidentales, hacia el s. II d.C. (con un margen de error del I a.C. al V d.C.) (coincidiendo la fecha promedio, 191 d.C., con la presencia romana en Dacia entre 106 y 275 d.C.) y el de las lenguas romances occidentales, incluyendo los dialectos sardos, hacia el s. V d.C. (margen de error, II d.C. al VII d.C.) (Fig. 1), intervalo temporal que se solapa con el de la cronología estratigráfica de los grafitos de Iruña-Veleia. Es interesante notar que la topología del árbol filogenético también muestra cómo el latín no aparece como lengua madre de las romances sino como hermana de la lengua ancestral de las mismas (con lo que el latín sería una lengua “tía” de las romances) (pero hay que tener en cuenta que el árbol filogenético muestra una visión enormemente simplificada e irreal de las relaciones entre las lenguas, que se representaría mejor en forma de retícula, en la que una lengua, a través de préstamos léxicos, podría tener más de una madre).
Árbol de máxima credibilidad de clados correspondiente al análisis bayesiano basado en vocabularios básicos de las lenguas indoeuropeas (Bouckaert et al. Mapping the origins and expansion of the Indo-European language family. Science 2012; 337:957-960). Se señalan los nodos correspondientes al inicio de la diversificación de todas las lenguas romances (probabilidad posterior = 1) y al de la de las lenguas romances occidentales junto con los dialectos sardos (probabilidad posterior = 0,9965), indicándose las fechas promedio estimadas y, entre paréntesis, los intervalos de estimación del 95% highest posterior density (equivalente, para entendernos, al intervalo de confianza). En el artículo, las fechas vienen dadas en años antes del tiempo presente, que he considerado como el año 2010, redondeando desde el 2012 en que se publicó el artículo. 
Por lo tanto, el aspecto relativamente “moderno” o próximo al castellano y otros romances que aparentan algunos grafitos latinos de Veleia no contradice lo propuesto por el eminente filólogo Ramón Menéndez Pidal, ni lo que indican los análisis de datación bayesianos, ni lo descrito por diversos autores en la bibliografía filológica sobre el latín tardío, sino que lo confirman, lo que es consistente con su autenticidad. Pero esta presunta autenticidad de los grafitos, también apoyada por los datos estratigráficos, choca frontalmente con lo que sostienen los filólogos de la comisión de la Diputación Foral de Álava, quienes en base a sus análisis lingüísticos del latín de Iruña-Veleia dictaminaron que, sin ninguna duda, eran falsos. Como no soy experto en estas materias, para intentar resolver esta paradoja, consulté a una persona que sí lo es, latinista y profesor universitario, cuyo principal campo de investigación es el latín vulgar, a quien envié una amplia lista de grafitos latinos de Veleia, centrados en los más polémicos y que habían sido utilizados en los argumentos a favor de la falsedad en los informes de la comisión. Esto es lo que me contestó: “De la mayoría de los textos de la lista podría encontrar paralelos en fuentes latinas tardías (aunque eso, por supuesto, no significaría necesariamente que no sean falsificaciones), y sobre algunos de ellos, por ejemplo la confusión ci/ti, hay una abundante bibliografía. En cuanto a pater familiae, está en el mismo César (*), si no me falla la memoria, y su uso está relacionado con la controversia antagonista/anomalista.” En un segundo e-mail dijo: “hay muchos factores, de los cuales no sé nada, que habría que tener en cuenta para determinar si son falsificaciones, pero mi reacción inicial a los errores ortográficos en la lista que me envió es que son en su mayoría muy banales y se podrían encontrar paralelos de ellos sin gran problema”. Posteriormente, este mismo profesor y otros dos latinistas, también profesores universitarios, de otras dos universidades diferentes, hicieron una evaluación conjunta de la totalidad de los grafitos latinos de Iruña-Veleia en base no solo a transcripciones sino también a fotografías y datos estratigráficos. Tras su estudio, esto es lo que comentaron sobre su análisis lingüístico de los grafitos: “Hemos considerado los textos cuidadosamente y los hemos discutido juntos y creemos que no estamos en posición meramente en base a la evidencia del latín de pronunciarnos sobre su autenticidad. De muchas de las características de estos textos, de hecho, pueden encontrarse paralelos, pero la mayoría de estas características se describen o discuten en la bibliografía moderna accesible a cualquiera”. Aunque el lenguaje pueda parecer ambiguo o impreciso (quizá, en parte, debido al hecho de tratarse de un texto consensuado entre tres personas y a la polémica existente sobre los hallazgos, de la que eran conocedores), algunos mensajes quedan claros, y estos son 1) que el análisis lingüístico del latín de Iruña-Veleia no permite pronunciarse sobre la autenticidad o falsedad de los grafitos; 2) que se pueden encontrar paralelos de muchas de las características de los textos latinos de Iruña-Veleia; y 3) que la mayoría de estas características está descrita en la bibliografía accesible a cualquiera. O en otras palabras, tal como yo lo entiendo, que el examen lingüístico, por sí mismo, no puede determinar si los grafitos latinos son auténticos o falsos, pero si son una falsificación, ésta fue hecha por alguien que conoce bien las características descritas en la literatura científica sobre el latín de la época a la que se atribuyen los hallazgos. Esta valoración es totalmente contradictoria con lo que dictaminaron los filólogos de la comisión, a saber, que el análisis lingüístico de los grafitos latinos de Iruña-Veleia permite pronunciarse sobre su autenticidad o falsedad, concluyéndose sin ningún género de dudas que son falsos. También es contraria a aquellos que calificaron la supuesta falsificación como de “burda”. En cambio, está en línea con la idea del filólogo vasco-francés Hector Iglesias de que si los grafitos son una falsificación, los falsificadores deberían de tener mayores conocimientos lingüísticos que los propios miembros de la comisión (http://www.sos-irunaveleia.org/iglesias). Al ser las conclusiones de unos y otros incompatibles, alguien tiene que estar necesariamente equivocado. Estas y otras contradicciones entre expertos además ponen de manifiesto que la supuesta unanimidad científica y académica sobre los grafitos de Iruña-Veleia pregonada por algunos (cada vez menos) es una pura falacia, que ha llevado a engaño a muchos, incluidos algunos académicos y altos cargos políticos alaveses.

Aquí hago un inciso para discutir sobre otra cuestión relacionada, que es el de la relativa estabilidad de la lengua vasca que sugieren los grafitos vascos de Iruña-Veleia, que contrastaría con la rápida evolución del latín hacia las lenguas romances que parece apreciarse en los grafitos latinos. A esto hay que comentar, en primer lugar, que el vasco de Veleia no es tan parecido al vasco actual como se ha dicho. Por ejemplo, la frase “neu XII urt(e) tu” de un grafito, en euskara batua sería “nik 12 urte ditut”; “neur(e) cordu mai” de otro grafito (Fig. 2) no tiene un significado obvio (lo que motivó que los filólogos de la comisión lo interpretaran incorrectamente como neure zordunai), pero si cor o cordu fueran un préstamo latino y el significado de la frase fuera “mi corazón amado”, como propone Juan Martín Elexpuru, en euskara batua se diría “nire bihotz maite” y si fuera “a la mujer de mi corazón” [neur(e) cor-du(n) (e)ma-i] (dedicatoria amorosa muy similar a la de otro grafito veleiense, “Virgunie meo cuore”: “a Virginia de mi corazón”), como propongo yo, en batua sería “nire bihotzko emakumeari”; y la frase de Veleia “geure ata zutan” si significase “nuestro padre en los cielos” como se ha propuesto, en vasco actual se dice “gure aita zeruetan”. Las diferencias son notables. Por otra parte, en textos vascos de Veleia aparecen palabras, como laiki o elosi, cuyo significado nos es desconocido. Además hay que tener en cuenta que no todas las lenguas evolucionan con el mismo ritmo. Aquellas que cuentan con un mayor número de hablantes y que están más extendidas geográficamente se esperaría que evolucionaran más rápido, ya que existe una mayor probabilidad de que en algún lugar de su rango geográfico surjan innovaciones lingüísticas, algunas de ellas influenciadas por distintos substratos y adstratos, que se propaguen al resto de los hablantes de esas lenguas. Por el contrario, las lenguas con un menor número de hablantes y más aisladas y restringidas geográficamente se esperaría que tendieran a ser más conservadoras. Tenemos el ejemplo del judeoespañol, que ha mantenido casi intacto el castellano del s. XV hasta nuestros días. O del sardo, la más conservadora de las lenguas romances, que mantiene palabras como mannu (de magnus, grande), domu (de domus, casa), cras (mañana, día siguiente) o sciri/ischire (de scire, saber), que han desaparecido del resto del vocabulario romance, y que, a diferencia de las demás lenguas romances, no palatalizó la c y la g ante la e y la i (rasgo coincidente con el vasco en las palabras adquiridas del latín). Se ha cuantificado el grado de evolución fonética del sardo con respecto al latín en solamente el 8%, frente al 20% del español, el 31% del portugués y el 44% del francés. En ausencia de textos vascos de época antigua (si exceptuamos los grafitos de Iruña-Veleia) el ritmo de evolución fonética de la lengua vasca se puede examinar en las palabras adquiridas del latín. Aunque se ha dicho que no existen testimonios de la lengua vasca anteriores a las glosas emilianenses del s. X, con la excepción de los nombres inscritos en las lápidas aquitanas, esto no es totalmente cierto. Hay palabras vascas adquiridas del latín en época romana y que no han evolucionado o que apenas han cambiado, y que son tan vascas como cualquier otra, constituyendo testimonios lingüísticos del vasco hablado en la antigüedad. Tenemos, por ejemplo, la palabra lege que deriva del acusativo legem de lex, legis. Esta palabra muy probablemente fue adquirida por el vasco del latín exactamente igual a como se pronuncia en la actualidad, ya que la m del acusativo se perdió en el latín hablado en época muy temprana, como lo demuestra el hecho de que se omite en muchos grafitos de Pompeya. Es de notar el conservadurismo del vasco, que mantiene intacta desde la antigüedad la palabra lege, el cual contrasta con el mayor grado de evolución fonética de lenguas romances vecinas, que dio lugar a ley/lei en castellano, portugués y gascón, llei en catalán y loi en francés. Otros ejemplos de palabras vascas que apenas han cambiado desde época romana son (entre paréntesis se pone la palabra latina correspondiente) errege (rege(m)), errota (rota), gauza (causa), hauzu (ausus), gorputz (corpus), magina (vagina), kipula (cepula), gela (cella) y bake (pace(m)). En cuanto a errege y errota, la única diferencia con respecto al latín es la adición de una e protética, que desconocemos si se adquirió al incorporarse al léxico vasco o en un periodo posterior. El hallazgo del grafito reba en Iruña-Veleia favorecería la segunda hipótesis, aunque encontramos posibles vocales protéticas en aros(a?) y arrapa. Con respecto a gauza y hauzu, es llamativo el mantenimiento del diptongo au de causa y ausus, que se perdió en casi todas las lenguas romances, excepto el occitano, evolucionando a o o a ou/oi (en gallego/portugués): cosa, chose, cousa, coisa; osar, osare, oser, ousar. La g intervocálica de vagina solo se mantuvo en el vasco magina, mientras que desapareció en todas las lenguas romances, incluido el sardo: vaina, baina, bainha, beina, guaina, gaine. Considerando el conservadurismo fonético del vasco observado en las palabras adquiridas del latín en la antigüedad, siendo incluso impermeable a cambios fonéticos sufridos por el latín vulgar en época romana tardía, que heredaron las lenguas romances, ¿es de extrañar que los grafitos vascos de Iruña-Veleia sean en su mayoría fácilmente comprensibles para un vascohablante contemporáneo y que en ellos aparezcan palabras tan parecidas o idénticas a las actuales como reba, neba, seba, saba, naia, ama, ata, mona, araina, gau, edan, ian, lo, egin, isar, zuri, urdin o gori? Lo extraño hubiera sido que el vasco de Iruña-Veleia fuera incomprensible para un euskaldun actual. En tal caso sí que habría motivos para sospechar que los hallazgos no fueran genuinos.
Fig. 2. NIIVR CORDV MAI (pieza 13958 de Iruña-Veleia). La M de MAI es casi idéntica a la M de MARCVS (pieza 10999) y hay un espacio amplio entre V y M.
En conclusión, volviendo al tema principal de este post, los grafitos latinos de Iruña-Veleia aportan datos significativos para un mejor conocimiento de la evolución del latín a las lenguas romances y de ningún modo contradicen lo ya conocido y publicado sobre este tema, sino que concuerdan con ello. Aunque algunos filólogos se sirvieron de los análisis del latín de Iruña-Veleia para declarar falsos los grafitos, ello puede deberse a un conocimiento insuficiente de la lengua vulgar de época romana tardía, como ponen en evidencia los informes de Alicia Satué (http://www.sos-irunaveleia.org/satue) y de Hector Iglesias. No pretendo de ningún modo cuestionar su competencia ni el prestigio que algunos de ellos puedan haber adquirido en sus campos profesionales, pero todas las disciplinas tienen sus especialidades y la del latín vulgar de la época de Veleia no parece ser la suya. Otros filólogos que conocen mejor el latín de esa época tienen opiniones diferentes.


*Nota: “Tulius pater familiae” aparece inscrito en una pieza de Iruña-Veleia (11267) y sobre este grafito comentó Isabel Velázquez en su informe lo siguiente: “sorprende la expresión pater familiae, frente a la habitual pater familias que estaba absolutamente arraigada en la lengua latina como arcaísmo lingüístico. Se trata del uso gramatical de la antigua desinencia de genitivo de singular en -as, frente a la clásica en -ae, que se fosilizó de forma sistemática en esta expresión, por lo que no cabe pensar en la forma en -ae clásica de genitivo en esta fórmula que, incluso, se mantiene como ‘latinismo’ en épocas modernas.” Utilizando la herramienta de búsqueda de “PHI Latin Texts” (http://latin.packhum.org/search) he podido comprobar que no le fallaba la memoria al profesor a quien consulté, apareciendo, efectivamente, “pater familae” en “La guerra de las Galias” (6.19.3.2), de Julio César, uno de los primeros textos que se estudian en los cursos de latín en colegios y universidades. Y no solo utiliza esta expresión César, sino también Columella, Tito Livio, Petronio, Séneca, Marcial, Plinio el Joven, Tácito y Servio, todos ellos autores latinos muy conocidos. Con tan numerosos testimonios de su utilización por autores clásicos de gran renombre, además de su presencia en la epigrafía latina, como señala Alicia Satué en su informe sobre el latín de Iruña-Veleia, causa perplejidad que “pater familiae” pueda ser utilizado como argumento en contra de la autenticidad de un grafito atribuido a época romana. No discuto que algunos de los hallazgos de Iruña-Veleia puedan parecer “raros” o sorprendentes (aunque todas estas rarezas tienen su explicación), pero los informes que los declararon falsos los superan en rarezas, conteniendo argumentos asombrosos e incomprensibles, que no tienen una explicación lógica. El de “pater familiae” es uno de ellos.